el gran paradigma de la televisión venezolana: los sentidos. Esos que poco a poco van escaseando de canales que escoger. Si antes eran pocos, ahora serán menos. De un tiempo para acá todo se resumen en “socialismo, patria o muerte”, y los medios de comunicación no han sido excepción de ello, pues con un Aló, Presidente latente y vigoroso que siempre tiene qué decir, la revolución avanza a pasos agigantados. Porque eso sí, hablar, sí podemos.Con un esquema de lenguaje bien definido, el presidente venezolano sale al aire todos los domingos con su guión literario y técnico –sujeto a cambio- al pie del cañón para hablarle a su pueblo de los temas que a su juicio son de interés colectivo. Con un destello de carmesí en la audiencia y en el moderador, con un background siempre alusivo a las tradiciones criollas, así se transmite semanalmente la alocución televisiva de la ventana del Estado al espectador venezolano.
Sin duda, hay que reconocer que no es un programa “para todo público”, pues no todos escuchan y ven 90 minutos al mandatario nacional pasearse por temas nacionales e internacionales que por lo regular incluyen en el repertorio ciertas alusiones al imperialismo y sus adyacencias, así como también los nuevos ministros y ministerios entre otras jocosidades que nunca faltan en el programa.
Un líder carismático que habla a su gente en el idioma, acento y dialecto que sólo algunos quieren escuchar. Un gran comunicador con un poder de persuasión que casi se convierte en una aguja hipodérmica, para aquellos que han oído de la teoría de la comunicación. Con un trato a la masa tan popular como el papelón con limón, así es la retroalimentación que se genera durante este tiempo de transmisión, donde cualquiera sea el tema a desarrollar, será primera página la mañana siguiente.
¿Atributos de la alocución? El desgarre de su expresión corporal que lo hace cantar, reír, gritar y vociferar todo lo que se ocurra; el sostén de su discurso que es capaz de extenderse hasta donde sea necesario; y esa tendencia de catequizar hasta tal punto que sin importar la certeza o relevancia de lo que diga se abrirá paso al clima de atención de la opinión pública, generada -desde luego- por los medios de comunicación.
Un líder carismático que habla a su gente en el idioma, acento y dialecto que sólo algunos quieren escuchar. Un gran comunicador con un poder de persuasión que casi se convierte en una aguja hipodérmica, para aquellos que han oído de la teoría de la comunicación. Con un trato a la masa tan popular como el papelón con limón, así es la retroalimentación que se genera durante este tiempo de transmisión, donde cualquiera sea el tema a desarrollar, será primera página la mañana siguiente.
¿Atributos de la alocución? El desgarre de su expresión corporal que lo hace cantar, reír, gritar y vociferar todo lo que se ocurra; el sostén de su discurso que es capaz de extenderse hasta donde sea necesario; y esa tendencia de catequizar hasta tal punto que sin importar la certeza o relevancia de lo que diga se abrirá paso al clima de atención de la opinión pública, generada -desde luego- por los medios de comunicación.
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